Página de filosofía y discusión sobre el pensamiento contemporáneo

lunes, 17 de marzo de 2025

El materialismo de Wittgenstein
Eduardo Abril

Es un lugar común señalar que Wittgenstein en el Tractatus, más que completar los desarrollos del positivismo lógico de Russell, lo que hace es mostrar sus limitaciones. Desconozco si esa fue, desde el principio, su intención, pero sí que fue el resultado. Debía ser difícil, para un hijo de Karl Wittgenstein,  acostumbrado a vivir en una familia en la que el lenguaje no era el medio para expresar lo que allí ocurría, pensar que reducir las prácticas lingüísticas a un conjunto de procedimientos lógicos, iba a esclarecer mucho algo de su vida. Por eso, cuando Wittgenstein trató de ver qué es lo que estaba ocurriendo en el interior de la tradición a la que pertenecía, se dio cuenta de que las propias vivencias no eran fácilmente objetivables en un saber lógico y formal, un conjunto de reglas que pueden explicitarse, como pretendían los positivistas lógicos de Cambridge, sino que, más bien, usamos siempre los lenguajes formando parte de una tradición —de una familia— y este uso también forma parte de esta misma tradición. Esto era igualmente valido para el gusto musical, las prácticas matemáticas, o los códigos de educación de la rígida alta sociedad vienesa. Lo que estaba apuntando, era que uno no podía salirse de la realidad material en la que estaba, para construir algo así como un punto de vista válido para todos los casos. Pero lo interesante aquí es señalar en qué punto se toca la materialidad de ese lenguaje y es precisamente en sus límites, en sus imposibilidades, algo que no dejó de constatar Wittgenstein desde el comienzo. Ramón del Castillo escribe:

«[...] al igual que un estilo musical no está separado de otras expresiones simbólicas, otras prácticas sociales, Wittgenstein pensó que un estilo matemático o lingüístico (o incluso uno científico) no es sólo un conjunto de métodos o de reglas, una estructura de directrices para la interpretación. Un estilo es una tradición, y una tradición permite guiar la fijación de significados y la clasificación de fenómenos de una forma intuitiva y tácita, no siempre objetivable, de igual modo que un estilo musical no es algo transmisible o comprensible a través de enseñanzas explícitas, sino de la vivencia de la música como parte de un conjunto de instituciones sociales más amplias  [...] La idea final de Wittgenstein es, como hemos dicho ya, que los juegos de lenguaje son prototipos de interpretación a través del lenguaje, pero ellos mismos no son interpretaciones, porque son la base que permite la introducción de significados nuevos».[1]

Wittgenstein y los pragmatistas se parecen porque ambos beben de la misma tradición,[2] las tradiciones post-románticas, idealistas y voluntaristas europeas, que los constructivistas lógicos habían rechazado. Es verdad que los pragmatistas trataron de reformar la racionalidad misma, mientras que Wittgenstein fue más modesto y solo pretendía dar cabida en el análisis a procedimientos como la analogía y a la descripción mediante ejemplos, que se parecían más al tipo de cosas que hacemos con el lenguaje en nuestra «vida real». Por eso, como ha señalado Ramón del Castillo, no habría que ver aquí un «anhelo romanticista trasnochado por la superioridad de la experiencia estética»,[3] ni «un pasaporte para el irracionalismo y el nihilismo»[4] como insinuaba Putnam, pues la propuesta de Wittgenstein «ni nos impide ni nos empuja a tomar una dirección definida»[5] hacia el positivismo lógico o hacia métodos más basados en las prácticas reales. Es aquí precisamente donde reside el valor de la propuesta wittgensteniana y la razón por la que no sería muy descabellado —en mi opinión— ver aquí una cierta teoría materialista del lenguaje. Wittgenstein al establecer unos límites sensatos a las aspiraciones de los formalistas de Cambridge, que eran los nuevos racionalistas,

«Sostuvo que las interpretaciones formales son siempre insuficientes y en ocasiones incluso innecesarias para guiar la acción y las decisiones de significado, pero no dijo que eso privara de uniformidad al uso, o no creara tipificaciones resistentes en un sistema conceptual. El punto clave de sus argumentos no es que las interpretaciones y las representaciones sean insuficientes, sino que son innecesarias».[6]

La idea es que «no hay forma de saber qué significamos con los conceptos o en qué consiste su uso correcto»,[7] como pretenden los planteamientos formalistas. Y esto no significa que debamos caer en el escepticismo y reconocer que vamos a ciegas. Es más bien que muchas veces «hemos dado pasos importantes, valiosos y razonables de forma intuitiva, ciega para las interpretaciones conceptuales de que disponíamos», y eso no quiere decir que actuemos irracionalmente o a ciegas. Significa más bien que «lo que creemos estar significando no constituye ni especifica por sí solo lo que significamos».[8] La idea es que «no hay un punto de vista desde el que podamos justificar racionalmente todas las decisiones, pero tampoco punto de vista desde el que podamos ver como erróneas todas las decisiones a un tiempo».[9] Pero que no podamos hacer esto, no hace que nuestras prácticas lingüísticas sean insuficientes, se queden cortas, nos dejen a medias, sino que más bien expresa que tampoco es necesaria esta completud; podemos  seguir viviendo sin necesidad de que lo que hacemos y cómo lo hacemos, tenga que ser totalmente transparente para nosotros. Por eso, puede que lo interesante aquí sea preguntarnos en qué medida, por lo menos algunas cosas de las que hacemos, se nos hacen parcialmente comprensibles. Por eso, tal como señala Del Castillo, el interés de Wittgenstein no está en traducir completamente la vida en conceptos, sino comprender «la dialéctica que genera la necesidad de llevar lo no-conceptual a conceptos sin que llegue a producirse una equivalencia entre ambos».[10] Se entiende así por qué Wittgenstein consideraba que un buen método de análisis era «imaginar un desarrollo histórico de ideas diferente del que ha tenido lugar»,[11] adoptando un cierto punto de vista exterior imaginario. Desde luego que no se trataba de esclarecer completamente nuestras prácticas lingüísticas, haciéndolas transparentes, sino más bien generar nuevos usos desde dentro de ellas. Lo que le interesaba a Wittgenstein era «mostrar la continuidad entre los usos del lenguaje creados a través de prácticas intuitivas e informales y los creados a través de definiciones y creencias explícitas».[12] No se trataba de eliminar los usos metafóricos o mitológicos de nuestro lenguaje, sustituyéndolos por un uso formal-lógico, reduciéndolo a un conjunto de reglas explícitas, sino que su intención era combatir, tal como también hacen los pragmatistas, las ilusiones [¿delirios?] que surgen cuando «no se reconoce el peso que tienen para el desarrollo natural de la razón los factores informales, prácticos e intuitivos en la fijación de creencias y significado, y se concentra toda la atención en las interpretaciones explícitas en vez de hacerlo en las posibilidades que crea el uso del lenguaje más allá de su literalidad».[13] Por eso, no es descabellado ver aquí, sin duda, una teoría materialista del lenguaje.



[1] Ramón del Castillo, Conocimiento y acción, El giro pragmático de la filosofía (Madrid: UNED, 1995), 233

[2] Ibidem, 248

[3] Ibidem, 250

[4] Ibidem, 251

[5] Ibidem, 251

[6] Ibidem, 252

[7] Ibidem, 253

[8] Ibidem, 254

[9] Ibidem, 255

[10] Ibidem, 255

[11] Ibidem, 245

[12] Ibidem, 246

[13]Ibidem, 247

lunes, 10 de febrero de 2025

Pensar diferente.
Óscar Sánchez Vega

Diego Fusaro publica Pensar diferente: Filosofía del disenso en 2022 y el objetivo de esta entrada es hacer una breve reseña de esta obra. El principal motivo que me lleva a escribir estas líneas es que el tema que toca Fusaro y algunos de sus planteamientos coinciden en gran medida con varias entradas y reflexiones que en esta página venimos haciendo a lo largo de ya no pocos años. Se trata de hablar del capitalismo, naturalmente.

Procederé primero a resumir brevemente el contenido del libro para finalizar con algunos comentarios críticos.

a) Resumen.

Los primeros capítulos del libro están dedicados a precisar el significado y alcance de la idea de disenso y señalar su íntimo vínculo con la democracia y la filosofía (tomando como referencia, entre otros, el trabajo de Foucault sobre la parresía). A partir del capítulo 6 el autor se centra en el meollo del asunto: hoy el disenso está en crisis. En las actuales sociedades capitalistas, pese a las apariencias, lo que impera es el consenso y el disenso apenas se ejercita. Lo que domina hoy en día es el pensamiento único propio del neoliberalismo y la única forma tolerada y alentada de disentir es en la modalidad viciosa del disenso contra el disenso o, en otras palabras: aquellos que presumen de espíritu crítico lo suelen ejercer a favor del sistema y en contra de los pocos que osan disentir.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Naturalmente la victoria aplastante del consenso no procede del uso de la fuerza bruta; es más: cuando el poder ejerce la fuerza nunca llega al grado de consenso que se ha alcanzado en las sociedades contemporáneas. Esto es porque la violencia despierta conciencias y genera resistencias. Pero cuando parece que reina la libertad, cuando parece que cada uno de nosotros no hace más que perseguir lo que el fondo quiere, entonces se dan las condiciones para alcanzar un consenso mucho más férreo y profundo que aquel que pudiera ser alcanzado en una tiranía por medios violentos. Además, el triunfo actual del consenso es el resultado final de un proceso que viene de atrás: ya en los años 60 del pasado siglo Marcuse nos advirtió que la dominación puede ser pacífica y voluntaria. Se trata en definitiva del fenómeno que Étienne de La Boétie denominó “servidumbre voluntaria”. Cuatro siglos más tarde el francés quedaría asombrado por el alcance y la magnitud del fenómeno por él detectado.

Y… ¿en qué consiste el consenso? ¿en qué estamos todos de acuerdo? ¿qué es lo que no se pone en cuestión? Lo que no se pone en cuestión es la dictadura del mercado, la necesidad de un crecimiento económico ilimitado, las bondades del progreso tecnológico, etc. Lo que no se pone en cuestión es, en términos de Fusaro, “la ampliación nihilista y unidimensional de la forma mercancía y la extensión infinita de la ley del valor de cambio.” Todo tiene un precio, todo es mercancía sujeta a la ley de la oferta y la demanda. De este modo, hoy ya no existen ciudadanos libres y responsables sino meros consumidores. El sujeto político contemporáneo es lo que Gustavo Bueno llamaba un “individuo flotante”, un individuo sin raíces ni convicciones cuyo único objetivo es llevar una vida placentera y exhibirla en las redes sociales.

Este pensamiento único domina las conciencias generando “falsas dicotomías” como vías de escape para descargar tensiones: izquierda contra derecha, autóctonos contra foráneos, hombres contra mujeres, homosexuales contra heterosexuales, etc. Entonces, lo que nos interesa ahora destacar es que ser de izquierda, para Fusaro, no es ser anticapitalista. Fusaro se reconoce como marxista, como comunista, pero no como un militante o partidario de la izquierda. En los países desarrollados la contienda política no es entre dos modelos de organización social antagónicos sino entre el neoliberalismo de izquierda contra el neoliberalismo de derecha. Todo es una farsa en la que siempre gana el capitalismo. De hecho, los avances más decisivos en la agenda neoliberal han sido llevados a cabo por gobiernos de izquierda. De similar manera, Gustavo Bueno decía que izquierda y derecha se han “ecualizado” en las “democracias del mercado pletórico” porque ya no hay diferencias de fondo en lo relativo al modelo económico y productivo entre unos y otros. Esa izquierda que acepta la estructura económica y da la batalla en el frente cultural, Bueno la denominaba "izquierda indefinida" y, según Fusaro, no lucha contra el poder sino que es parte del mismo.

Si ser de izquierda hoy no implica ser anticapitalista… ¿cómo ser anticapitalista? ¿cómo disentir? Lo primero es conocer la naturaleza de nuestro enemigo. Según Fusaro “el pensamiento único de las oligarquías financieras transnacionales” hoy es de derechas en lo económico (el poder del dinero) de centro en la política (la política del consenso) y de izquierdas en lo cultural (la innovación de las costumbres). El verdadero disenso contra el capitalismo pasa por atacar los tres frentes del Sistema: contra la mercantilización plena y el fanatismo del mercado, contra la apología del consenso o pensamiento único y contra la globalización y sus corolarios éticos.

Los dos primeros frentes que señala Fusaro no plantean problemas para una persona de izquierdas. El problema está en el tercer frente. Ser anticapitalista hoy, según Fusaro, no pasa por defender la abolición de las fronteras, la autodeterminación de género y el laicismo, por ejemplo, sino por todo lo contrario: la defensa de los Estados nación, la familia, la religión y las tradiciones, que son los últimos baluartes contra la globalización capitalista. Luchar contra el capitalismo supone luchar contra el modelo antropológico que propone el neoliberalismo: un individuo encerrado en sí mismo, sin vínculo social, una mónada sin raíces, nihilista, narcisista, que sólo encuentra consuelo en el consumo desenfrenado. Ser anticapitalista supone defender un modelo antropológico opuesto al modelo neoliberal que defiende la izquierda.

Sin embargo, matiza Fusaro, algunas luchas y reivindicaciones propias de la izquierda política (el feminismo, la ecología, el pacifismo, la lucha contra el racismo y la xenofobia, etc) son del todo legítimas siempre y cuando no se desliguen de un marco más amplio: la lucha de clases. Solo hay una lucha verdaderamente emancipadora, la que enfrenta a los de abajo contra los de arriba, a los oprimidos contra sus amos, y en la medida en que una lucha particular se desvincule de este objetivo pierde todo su potencial revolucionario.

Disentir hoy es practicar el Gran Rechazo, pero no como gesto individual, el cual no dejaría de ser un gesto narcisista propio de almas bellas. La rebeldía debe traducirse políticamente. Fusaro sigue en esto (y en otras cosas) a Gramsci: el objetivo ha de ser encontrar la manera de canalizar el desaliento que genera el capitalismo hacia la configuración de un bloque histórico entre los damnificados por el Sistema, huyendo de las falsas dicotomías que el capital promueve para debilitar al bloque de la mayoría (o, como diría Rancière,  a “la parte de los que no tienen parte”).

b) Comentario.

Naturalmente lo que acabo de escribir es un pobre resumen que no hace justicia al ensayo de Fusaro, pero creo haber destacado lo fundamental. Mi valoración general del libro es positiva, aunque con matices. Por decirlo en términos médicos: coincido en el diagnóstico pero no, o no del todo, en la terapia.

Fusaro dice que hay que pensar a lo grande, reivindica la vigencia de la utopía y propone el Gran Rechazo, pero… ¿en nombre de qué? de la familia, la religión y la tradición. Por un lado Fusaro apela a la imaginación política para pensar un mundo más allá del capitalismo, pero, por otra parte, el futuro postcapitalista que sugiere se parece demasiado al pasado precapitalista. Quizá la familia y la tradición puedan servir de diques de contención contra la globalización en los países en vías de desarrollo, pero no veo de qué manera pueden ofrecer una alternativa al capitalismo global. Además, las instituciones que articulaban el mundo precapitalista no constituyen una Arcadia a la que sea posible y deseable regresar. Fusaro parece olvidar que la familia, las costumbres y la iglesia católica, especialmente en países como España e Italia, han sido tradicionalmente instrumentos de dominación, no de emancipación. Si el objetivo es imaginar y luchar por un mundo mejor habría que elegir otros compañeros de viaje.

Sin embargo, parte de razón tiene el italiano: contra la fluidez neoliberal hay que oponer algo sólido. Fusaro busca un punto de apoyo en la lengua, la cultura, la tradición, la familia, etc. Es en el seno de estas instituciones donde el hombre toma cuerpo, donde puede realizarse como persona y solo desde esta firme plataforma antropológica es posible otear un mundo común. El problema, creo yo, es que tales instituciones no pueden ser aceptadas de manera incondicional, pues en muchos casos han sido herramientas al servicio de la clase dominante que se han opuesto activamente a todo proyecto emancipador. 

Por otra parte, Fusaro no presta suficiente atención a otro punto de anclaje que es necesario potenciar para hacer frente a la marea neoliberal: las instituciones republicanas. La escuela pública, la sanidad, la separación de poderes, los derechos laborales, etc, son conquistas sociales que no surgen del capitalismo, sino más bien a pesar y en contra del capitalismo. Precisamente por ello, ahora que la victoria del capital es total, su supervivencia está amenazada. Oponerse al capitalismo implica defender la República y sus instituciones que son además la cortapisa necesaria para impedir que las instituciones tradicionales se constituyan como estructuras de dominación.

Disentir en el imperio neoliberal pasa, creo yo, por la defensa de la democracia y de las instituciones republicanas en cuyo seno y bajo su tutela las instituciones tradicionales que reivindica Fusaro (lengua, tradición, familia, religión, etc) pueden desarrollar su benefactor papel sin menoscabo de la dignidad de las personas.

miércoles, 22 de enero de 2025

Un Mesías delirante.
Eduardo Abril Acero

 Hay algo claramente obsceno en esta insistencia en ridiculizar tanto a Trump como a los «supervillanos» de las tecnológicas, sin darnos realmente cuenta de lo que está pasando. En estos últimos días, muchos insisten en este error. Un texto que leí hace unas semanas me parece mucho más esclarecedor que todos los comentarios que se vienen haciendo por parte de la izquierda. Douglas Rushkoff, en La supervivencia de los más ricos, nos cuenta cómo perdió a su amigo Sam, un compañero de la universidad, a quien tenía por un tipo inteligente y formado. Recuerda que, en el «College», tras una borrachera, solían hablar delirantemente hasta la madrugada, planteando todo tipo de conspiraciones: «¿Y si la realidad es un videojuego al que hemos olvidado que estamos jugando? ¿Y si Stanley Kubrick falsificó la llegada a la Luna en un plató de cine? ¿Y si la estación HAARP de verdad puede controlar el tiempo?… Se trataba de un juego de ingenio que a veces incluso proporcionaba algunas reflexiones perspicaces sobre la interacción entre los medios de comunicación, la tecnología y la psique colectiva». El problema es que, años después, Sam pareció ahondar en estos delirios y se hizo un auténtico conspiranoico, seguidor del movimiento QAnon, un tecnófilo declarado, admirador de Musk y votante de Trump. A este último lo tenía como un verdadero mesías, elegido para librarnos de «una élite global que mantiene su poder mediante el abuso sexual de menores y el asesinato ritual; o que extraen un fluido psicodélico llamado «adrenocromo» de la sangre de los niños y luego lo consumen para aumentar su poder». A Rushkoff este relato le parecía un delirio de enfermos mentales, pero Sam estaba convencido de su veracidad y le enviaba regularmente mensajes de texto a altas horas de la noche para avisarle de que estaba próximo el día de la liberación, cuando Trump y sus seguidores se hicieran con el poder. Rushkoff achacaba la diferencia entre él y su amigo a que, mientras que él era un chico de ciudad, Sam se había criado en el campo, en una zona rural deprimida que había perdido su tejido industrial debido a las deslocalizaciones y que actualmente vivía asolada por la crisis del fentanilo, un negocio que habría hecho ganar millones de dólares a las grandes farmacéuticas con la connivencia de las élites políticas, a las que resultaba fácil odiar. Además, Sam y sus vecinos debían soportar a diario cómo las cadenas de televisión les describían como paletos cristianos, racistas, ignorantes y adictos a la oxicodona. Rushkoff culpa en el libro, entonces, a internet y a las redes sociales de que su inteligente amigo Sam se haya creído el cuento del mesías redentor. Pero creo que el relato debería ser tomado aún más en serio. Sam y los millones de simpatizantes de Trump, Bolsonaro, Milei, etc. (porque son millones, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo), no hacen sino actualizar el mesianismo que la izquierda lleva tratando de activar décadas. Hemos repetido tantas veces el relato de que el mundo está gobernado por una élite de magnates capitalistas, y hemos esperado tanto la llegada de un redentor, que cuando realmente el discurso ha empapado el tejido social «lumpen», escapándose de las manos de una izquierda intelectual snob y burguesa, solo hemos sabido echarnos las manos a la cabeza y pendular entre el horror y el desprecio a lo que vemos como un esperpento. Lo único que se nos ha ocurrido es ridiculizar a Trump y convertir a sus «apóstoles» en una troupe cómica y terrible de supervillanos, al modo en que los describe la estupenda película No mires arriba. Deberíamos reconocer, al menos, en lugar de seguir resguardando nuestro lugar privilegiado de «almas bellas», que si Trump, Bolsonaro, Milei y compañía han acumulado tanta ilusión y tanto respaldo es porque sus seguidores se han creído punto por punto el mesianismo fetichista de la izquierda, aunque su relato resulte delirante. 

Pero es que, en rigor, todo mesianismo siempre ha sido delirante.

martes, 21 de enero de 2025

El corazón de las tinieblas, un viaje dual.
Moisés Real

La aventura colonial europea en África y Asia ha legado una infinidad de textos y testimonios en diferentes campos del saber y la cultura, como la historia y el cine. En la literatura, rescatamos quizás como uno de los más representativos El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.

Dicho autor inglés trabajó con una empresa belga en el Estado Libre del Congo, y de dicha experiencia arranca ineludiblemente esta novela corta. Así, en ella se ve cristalizado -bajo el  hipócrita manto de la tarea civilizadora del viejo continente, utilizada como pretexto- un primer viaje, el de los imperios al continente africano con su afán por explotar recursos naturales. Por consiguiente, en el texto brotan las contradicciones morales de los colonizadores.

Ahora bien, reducir la obra a una mera descripción de los efectos de la tarea de la metrópoli constituye una lectura muy superficial de esta. De hecho, en ningún momento se produce una alusión directa a las coordenadas espacio-temporales en que se desarrolla la acción. Así, a través de escenarios difuminados y de una acción imprecisa, el libro se llena de sobrentendidos. 

Como señalábamos, el texto aporta mucho más que un retrato de la colonia conquistada. De este modo, a nivel formal constituye un ejemplo para la narrativa moderna por el empleo de una miríada de novedosos recursos. Para empezar, se produce en muchos momentos una traslación del análisis interno de los personajes principales al tipo de narrador. De este modo, se introducen el monólogo interior y el indirecto libre, que diseccionan el fluir de la conciencia de los protagonistas.

En este sentido, debemos vincular el empleo de dichas técnicas a un avance en el retrato introspectivo por parte de la literatura de la época. Ello se aprecia ya en varias de las novelas de la segunda mitad del siglo XIX, como Crimen y castigo o Madame Bovary; y en otras del inicio del XX -con elementos más modernos vinculados al desarrollo de la psicología como disciplina científica-como el Ulises o La voluntad. A este respecto, también se vislumbra en la obra la exploración del subconsciente, tema candente en el momento. Sin ir más lejos, Freud publicó La interpretación de los sueños un año después de la aparición del texto objeto de análisis.

Por otro lado, llama la atención la presencia de dos narradores diferentes: uno externo, que presenta el contexto general y los personajes; y posteriormente el propio protagonista, que toma las riendas del relato. Esta perspectiva múltiple aparecerá de forma recurrente en  la novela del siglo XX (La hojarasca, Conversación en la catedral).

A nivel semántico, dicho libro puede interpretarse de diferentes maneras: hay un argumento literal, bastante endeble en cuanto a su contenido; y un significado simbólico, más relevante pero levemente esbozado, de tal manera que será la imaginación del lector la que lo desentrañe. Respecto a este último, de carácter metafórico, podemos atisbar que la inmersión del protagonista en la selva constituye el descenso del ser humano al interior de su alma, llena de recovecos fantasmagóricos y perversos, de rincones de maldad inexplorados. 

A este respecto, la violenta y cruel aventura colonial, protagonizada por unos habitantes de la metrópoli abducidos por su deseo de dominación, nos remite a la bajada al infierno del propio hombre, donde se ubican sus pulsiones más atávicas. Por ello, puede trazarse un paralelismo entre el protagonista de El corazón de las tinieblas y el Eneas de la Eneida o el Dante de la Divina Comedia. En el caso que nos concierne, este descenso supone más que un segundo viaje real o fingido: constituye el regreso a nuestras pasiones más bajas; a lo que de animal queda en nosotros; a aquello que, atizado convenientemente por el fuego de la conquista, la codicia, el expansionismo o la simple ansia de poder, nos lleva a la cara más oscura de nuestra alma.

domingo, 19 de enero de 2025

El neoliberalismo de Hayek y la erradicación de la política (IV)
Borja Lucena

1- El mercado, tal y como ya entrevimos en entregas anteriores, se muestra en la filosofía de Hayek como poseedor de un quimérico poder redentor, una potencia salvífica capaz de erradicar los males inoculados a las sociedades por las corruptoras prácticas de naturaleza política. El mercado, en esta entusiasta versión, no sólo limita o atenúa los males pertenecientes a las inconvenientes contingencias de la política, sino que, más allá de esto, devuelve a la pólis al seno de la naturaleza y le restituye una necesidad natural e incontestable. En esta coyuntura teórica, el mercado es el elemento decisivo que rectifica la deriva anti-natural -política- de la vida humana, aquello que reintegra lo artificialmente separado, aquello que revalida la vigencia de las leyes eternas del cosmos en menoscabo del artificio, de la contingencia, de la arbitrariedad de las acciones políticas. El mercado, en definitiva, es el quicio en el que puede acaecer la ruptura decisiva con el pecado de artificiosidad que el pensador neoliberal detecta en toda práctica política; es, en suma, la única potencia capaz de corregir el sino de la historia humana y, específicamente, de la aciaga apertura griega de un espacio propiamente político en el que la eterna validez de la legalidad natural fuera otrora sustituida por decisiones, por fines, acciones y propósitos desligados de la necesidad de las fuerzas y los cuerpos naturales. "Los efectos que esas leyes [del mercado] (…) tienen en sus acciones [de los hombres] -afirma Hayek- son precisamente de la misma clase que los de las leyes de la naturaleza” (Los fundamentos de la libertad, p. 204).

2- El mercado, efectivamente, desborda ampliamente el espacio de las actividades estrictamente económicas y se constituye como re-incardinación ontológica del ser humano en la realidad natural del cosmos. De esta manera, en el seno del pensamiento neoliberal, el mercado está destinado a asumir las esferas del poder político, de cualquier poder posible, y a proyectarse sobre la integridad del espacio humanamente habitado; en este sentido, tal y como explicó Foucault, el mercado se afirma como instancia de veridicción, como poder decisorio acerca de lo verdadero y lo falso, y, a partir de ello, de lo real y lo irreal. Ante la verdad de lo real revelada en el mecanismo impersonal del mercado, la suerte del individuo ha de verse empujada a la adecuación y la conformidad, tal y como sucede ante la inclemente masa apodíctica de los tornados o las erupciones volcánicas. Nadie puede tildar de injusta a la naturaleza ante la desoladora irrupción de las catástrofes naturales; nadie puede tildar de injusta, igualmente, a la irrupción de los efectos del mercado, no deseados ni dirigidos por nadie: “La desigualdad se soporta, sin duda, mejor y afecta mucho menos a la dignidad de la persona si está determinada por fuerzas impersonales que cuando se debe al designio de alguien” (“Camino de servidumbre”, p. 141). El neoliberalismo, de esta guisa, ha hallado el modo de articular una convivencia en la que pueda desaparecer el pesado fardo de la responsabilidad de las más amplias y relevantes esferas de la existencia: “(…) no hay menosprecio para una persona, ni ofensa para su dignidad, por ser despedida de una empresa particular que ya no necesita sus servicios (…) el paro o la pérdida de renta (…) es, sin duda, menos degradante si resulta de la mala suerte y no ha sido impuesto deliberadamente por la autoridad” (ibídem, pp. 141-142).

3- En definitiva, la sugestiva carga utópica de la noción hayekiana de “mercado” espontáneo se constata en su idea de que no nos hallamos ante un mero concepto económico, sino de orden social y (neo)político, un marco que, precisamente, guarda la promesa de resolver las imposibilidades de todo orden social organizado en torno a lo político.

miércoles, 1 de enero de 2025

Las dos almas de la filosofía.
Óscar Sánchez Vega

a) Introducción

Para aquellos que se acercan por primera vez a la filosofía, especialmente a la filosofía moderna y contemporánea, la confusión y perplejidad debe ser importante: ¿qué tienen en común todos estos autores que son reconocidos como “filósofos”? No puede ser el tema, ni la metodología, ni el propósito o los intereses, etc. Difícilmente cabe imaginar un grupo más disperso y heterogéneo que el de los filósofos modernos (digo “modernos” porque antes del siglo XVII es más fácil buscar rasgos comunes en los temas y el quehacer de los filósofos). Las preguntas que me planteo en esta entrada son un poco las de siempre, las clásicas: ¿qué es la filosofía y en qué consiste filosofar? Y como era previsible no se me ha ocurrido ninguna respuesta nueva y original, pero recordé dos respuestas que otros han dado; dos ideas de filosofía que si las confrontamos se iluminan mutuamente y se comprenden mejor.

El primer modelo, la primera idea de filosofía que quiero presentar, parte de una metáfora. Distintos autores comparan el trabajo del filósofo con el del cartógrafo, la persona que elabora mapas. Por ejemplo, para Gustavo Bueno no cabe hablar de “filosofía” (en singular), sino de “filosofías” (en plural) dialécticamente enfrentadas y cada filosofía es como un mapa del mundo que se construye como oposición y alternativa a otros que se consideran deficientes -Siempre teniendo en cuenta que el acceso a la “realidad pura” nos está vedado, pues todo nuestro conocimiento está mediado por el lenguaje, los conceptos, valores, etc. Por lo que es imposible valorar un mapa comparándolo con la “realidad en sí”; un mapa solo se puede comparar con otro mapa-. En la misma línea, William James afirmaba que las teorías (científicas o filosóficas) son como mapas de un territorio y que el problema de la verdad se reduce a determinar cuál es el mapa que orienta mejor, el que cumple su función de manera óptima. Por último, Deleuze y nuestra amiga Ariane Aviñó sostienen que la función de una filosofía emancipatoria habría de ser “cartografiar territorios futuros”.

Entonces nuestro primer modelo será el filósofo-cartógrafo cuya tarea sería diseñar un sistema conceptual que represente, de la manera más fidedigna posible, el mundo presente o futuro. El problema aquí es que en las comparaciones entre mapas, o sea, en las disputas filosóficas, puesto que, como hemos señalado, no es lícito acudir a un arbitro neutral que dirima el conflicto, raramente hay algún acuerdo acerca del “mejor” mapa. Lo habitual es más bien enrocarse en la posición propia y no tomar en consideración otros mapas que organizan el territorio a partir de referencias muy distintas. En una palabra: el peligro de entender la filosofía como un tipo de cartografía es el dogmatismo.

Por otro lado, existe toda una raza de filósofos que no encajan en el modelo de filósofo-cartógrafo a los que -inspirándonos en Heidegger- vamos a llamar, sencillamente, pensadores. Recordemos que para Heidegger el pensamiento no es el mero uso de la razón, no es una forma de conocimiento, ni siquiera es un saber. El pensamiento es otra cosa. Pensar es una actividad del espíritu que encuentra su fin en ella misma, un intento, siempre truncado, de dar cuenta de un Ser que se nos sustrae. “Pensar” es -a diferencia de un mapa- algo esencialmente inútil.

A continuación intentaré identificar y trazar una línea genealógica de estos dos modelos en la Filosofía moderna, teniendo en cuenta que estamos hablando de tipos ideales que no encuentran su correlato exacto en el mundo de la vida. Si lo que aquí sostengo tiene algún sentido entonces habría que reconocer que en toda filosofía hay una parte de pensamiento y otra de cartografía... pero no en las mismas proporciones.

b) Los filósofo-cartógrafos.

Pudiera parecer que el padre de la duda metódica es un claro ejemplo de pensador. No estoy de acuerdo. En mi opinión todo el desarrollo de la duda, si lo queremos ver como un ejercicio de pensamiento, es un fraude. Descartes no arriesga nada, sabe muy bien a dónde quiere llegar y toda la duda es una pantomima para demostrar la firmeza del pilar que va sostener todo el sistema (el cogito, naturalmente). Descartes es el primer filósofo-cartógrafo de la modernidad; aunque el mapa de la modernidad temprana más potente y completo será, creo yo, la Etica de Spinoza.

En el siglo XVIII lo que urge es un mapa del sujeto que nos ayude a entender qué es el conocimiento y será, claro está, Kant quién nos lo proporcione. Y en el siglo XIX los dos más importantes filósofo-cartográfos son Marx y Freud: el primero mapea la realidad social del capitalismo y el segundo la subjetividad humana. Sus mapas son tan potentes que siguen cumpliendo su labor de orientación en el siglo XXI.

Naturalmente excede con mucho el objetivo de estas breves líneas trazar un breve esbozo de estos mapas que por lo demás son bien conocidos por cualquier aficionado a la filosofía. Termino este apartado simplemente apuntando una virtud y un peligro de esta forma de filosofar. La virtud es la fertilidad, el carácter positivo de estas propuestas. Para un marxista, por ejemplo, el sistema de Marx es una herramienta intelectual de primer orden para comprender el mundo en el que vivimos; es la estructura que da sentido al resto de los saberes que sin la filosofía serían caóticos o malinterpretados. El sentido y la necesidad de la filosofía, entendida de este modo, es evidente. El peligro de los mapas de los filósofo-cartógrafos es, ya lo habíamos señalado, el dogmatismo.

c) Los pensadores.

El primer pensador de la modernidad fue, creo yo, Pascal. La comparación entre Descartes y Pascal puede ser provechosa para nuestro objetivo, los puntos fuertes de uno son los débiles del otro. Pascal es un pensador profundo, sincero e insobornable, y precisamente por ello es incapaz de construir un mapa del mundo como el de Descartes o Spinoza. Pascal pertenece a otra estirpe de filósofos: la de los pensadores.

Del siglo XVII doy un salto importante en el tiempo hasta el siglo XX. Hay un cierto consenso acerca de cuáles son los dos más grandes filósofos de este siglo: Heidegger y Wittgenstein. Estoy de acuerdo, y lo que añado es que ellos son ante todo pensadores. Ambos nos ofrecen un inmejorable ejemplo de lo que intento señalar. ¿Qué es pensar? Lo que hacen Heidegger y Wittgenstein. Otros ejemplos de pensadores contemporáneos podrían ser Unamuno, Benjamin, Nishida o Lacan. ¿Que tienen en común estos autores? Pues que, hablando en sentido estricto, ninguno de ellos sostiene un sistema (quizá Lacan sea el que está más cerca de hacerlo) porque para construir un sistema, es decir, para hacer un mapa, necesitamos categorías firmes, con contornos definidos, que no varíen su significado, pero su fidelidad a la tarea de pensar les impide alcanzar esta estabilidad.

Decía Deleuze que la filosofía consiste en construir conceptos; no podemos filosofar sin ellos. Pero la diferencia entre un cartógrafo y un pensador es que los conceptos del primero son firmes y estables, sobre ellos se puede construir algo sólido; en cambio en el pensador todos los conceptos y categorías tiemblan. El pensador vuelve a sus conceptos fundamentales una y otra vez, de forma incluso obsesiva, pero tal recurrencia no contribuye a fijar un significado estable, más bien al contrario.

Los peligros que acechan al pensamiento son, creo yo, la esterilidad, el nihilismo y el misticismo. Ante la tarea sin fin del pensamiento la tentación siempre es abandonar la vía de la razón, claudicar ante la constatación de que no se atisba el final del camino.

d) Conclusión.

Para cerrar esta entrada vuelvo a recordar que los cartógrafos y los pensadores son tipos ideales que no se dan en el mundo de la vida. Es más: si se dieran no serán filósofos en el sentido estricto del término porque -y esta es la tesis que quiero defender- la filosofía supone un movimiento dialéctico que va de un tipo al otro, es decir, del pensamiento a la cartografía. Esta tensión dialéctica es necesaria porque el pensamiento llevado a su extremo cae el misticismo o nihilismo; y, por el otro lado, la cartografía alejada del pensamiento deviene en dogmática.

Esta naturaleza dual de la filosofía ha estado presente desde el principio. El método dialéctico de Platón consiste en un doble movimiento de regresus y progresus que podemos vincular con las dos formas de hacer filosofía de las que hemos hablado: el regresus es la ascensión desde las sombras de la caverna hasta el exterior, es la etapa crítica del proceso y se corresponde a lo que aquí hemos denominado “pensamiento”; y el progresus o la vuelta a la caverna se corresponde con el mapeado de la realidad que hacen los filósofos.

El problema, a mi modo de ver, es que los dos momentos platónicos (regresus y progresus) no encajan en absoluto, por lo que difícilmente pueden ser “fases” de un único “método”. Si permanecemos fieles a la exigencia del pensamiento, como pide Heidegger, debemos abdicar de la pretensión de encontrar un pilar firme en el que descansar, puesto que el pensamiento, al contrario de la ciencia, es un pensar sobre algo que se escapa y nunca se alcanza. Y sin referencias estables no hay mapa posible. Si, por el contrario, pretendemos hacer un mapa, entonces necesitamos establecer relaciones a partir de elementos estables y congruentes (conceptos); el problema es que tal estabilidad es, en cierta medida, impostada: las referencias del mapa son fijas porque no han sido sometidas a una crítica más radical. Salvaguardar a toda costa la estabilidad y congruencia del mapa nos aboca al dogmatismo.

He aquí la Escila y Caribdis de la filosofía.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

El neoliberalismo de Hayek y la erradicación de la política (III)
Borja Lucena

1- Una poderosa nostalgia agita íntegra e internamente el pensamiento de Hayek. Es la nostalgia de la naturaleza. Todo el edificio neoliberal, esforzadamente revestido de convincentes argumentaciones y notables esfuerzos teóricos, se descubre a veces como el inconsolable deseo de una vida en común que no requiera de decisiones políticas y no pague el alto precio de éstas; una vida en común que, antes de desenvolverse en torno a deliberaciones y decisiones problemáticas o contingentes, obedezca a la estructura profunda de un devenir gobernado por la necesidad natural.

Hayek es dolorosamente consciente de que “decidir” significa “partir”, de que toda elección política quiebra la unidad inconsciente y amable del cuerpo social e inaugura el espacio de alguna confrontación. La política exhibe el signo de la discordia y, por esa razón, el pensador neoliberal añora el funcionamiento automático de las leyes cósmicas, la distribución impersonal de fuerzas y equilibrios que tejen la continuidad y la indiferencia del universo. Esta fijación histérica en la evitación del conflicto marca, quizás, el verdadero punto de fuga de toda la composición teórica de Hayek, para quien la política se halla dolorosamente unida a la fractura y el enfrentamiento. La política, en consecuencia, no señala el lugar de una libertad que tenga cabida esencial en la conceptualización hayekiana de la "libertad individual", sino, más bien, un obstáculo evitable; la "libertad individual" obedece, de este modo, a una operación de recorte, de abstracción y apartamiento con respecto a las libertades concretas y operativas que sólo una comunidad política, dotada de instituciones y leyes convenientes, puede habilitar. La posición de hayek es inequívoca: "(...) nadie necesita participar de dicha libertad colectiva para ser libre como individuo" ("Los fundamentos de la libertad", p. 35)

El pensador austríaco no supo liberarse de la personal y parcialmente comprensible percepción del aparente exacerbamiento de la política que, a su parecer, había desembocado finalmente en los grandes totalitarismos del siglo XX; por ello, inscribió su proyecto en el núcleo trágico de la filosofía política, que no es otro, a los ojos de Hannah Arendt, que la búsqueda de un sustitutivo para la política. Su pensamiento, en efecto, se dirige a la localización de una forma de convivencia que se libre de estar amenazada por los riesgos de la política. En esta dirección se puede comprender que la voluntad de sustituir las decisiones y acciones políticas por simples preferencias en el seno de un mercado abierto atrajera irresistiblemente el imaginario neo-utópico del neoliberalismo de Hayek, que pudo fantasear con una organización en la que la elección no significara quiebra del cuerpo social. También Milton Friedman cobijó entusiasmado la idea utópica de una sociedad sin política; la política, afirma, es siempre una amenaza para la “cohesión social”, dado que, por su propia naturaleza, implica una última conformidad, imposible, de todas las partes, lo que conduce a la coerción y el sometimiento final de unos a otros; al contrario, al hacer “que la conformidad sea innecesaria con respecto a cualquier actividad que abarca, el uso generalizado del mercado reduce la presión sobre el tejido social”, pues “el mercado permite a cada uno satisfacer sus propios deseos -representación proporcional efectiva-, mientras que el proceso político impone conformidad” (Friedman, M., “Capitalismo y libertad”, pp. 65 y 145). Desde entonces, las contemporáneas sociedades neoliberales se han gobernado por una voluntad incansable, callada o explícita, de sustituir a la política por los “anónimos e impersonales” mecanismos del mercado.


2- La concepción hayekiana de una sociedad libre se ajusta al modelo de un universo natural en el que todo es subsumido en un “mecanismo anónimo e impersonal” - el mercado - situado más allá de la eventualidad de las frágiles acciones y elecciones humanas. El pensador austríaco subraya constantemente cómo un orden de mercado nunca obedece a una voluntad consciente, sino al despliegue de un mecanismo sin dueño en el que resulta vano procurar la localización de una dirección deliberada. Del mismo modo que la ciencia descubre en la naturaleza leyes que nadie ha diseñado o impuesto, “el liberalismo deriva del descubrimiento de un orden que se autogenera, un orden espontáneo de la realidad social” (Principios de un orden social liberal, p. 28). El mercado supone la integración natural de los objetivos individuales diversos, al igual que la naturaleza integra la diversidad de trayectorias de distintos cuerpos sin implicar la intervención de voluntad alguna: “(…) en la catalaxis, el orden espontáneo de mercado, nadie puede prever lo que obtendrá cada miembro y los resultados que cada uno consigue no están determinados por la intención de nadie” (ibídem, p. 41).

El lenguaje que Hayek utiliza a la hora de describir el orden de mercado se adhiere a las metáforas y a las claves semánticas de la explicación científica de la naturaleza, recorriendo un arco que incluye la “adaptación” de los individuos a las variables ambientales cambiantes, la neutralidad moral de los procesos desatados en el medio natural o la inexistencia de propósitos inmanentes en cualquier cambio o movimiento. Por ende, el mercado exhibe el rostro de un universo impersonal y no comprometido con resultados, de manera que “hablar, con referencia [al mercado] de una distribución justa o injusta carece (…) totalmente de sentido” (ibídem, p. 42). Al igual que ante el mudo reinado de las leyes cósmicas, el individuo, ante los efectos del mercado, no puede más que buscar la adaptación y desechar la posibilidad de búsqueda de cursos alternativos de acción, dado que esto no sería más que una reacción ciega e impotente ante lo inevitable: “El hombre ha llegado a odiar las fuerzas impersonales (…) y a rebelarse contra ellas porque a menudo han frustrado sus esfuerzos individuales (…). Una civilización tan compleja como la nuestra se basa necesariamente sobre la acomodación del individuo mismo a cambios cuya causa y naturaleza no puede comprender. Por qué poseerá más o menos, por qué tendrá que cambiar de ocupación (…) ninguna mente aislada será capaz de comprenderlo” ( “Camino de servidumbre”, p. 245).

La única providencia con la que el individuo puede contar para asegurar el éxito de sus acciones se encuentra en el orden de los signos, y no en el de la comprensión de lo real y la iniciación de acciones fundados en ella. Los precios, de acuerdo con Hayek, se erigen en el signo capital de expresión de la verdad presente en los cambiantes fenómenos sociales, de manera que pueden guiar la adaptación de los individuos a circunstancias sobre las que no tienen ningún poder de intervención. Sólo los precios pueden ofrecer, en el seno de la sociedad neoliberal, “una guía eficaz para la acción del individuo”, dado que el sistema de precios coordina las innumerables decisiones de los sujetos individuales de acuerdo con el fundamento inconcuso de lo social y sus leyes inmanentes. A través de la variación de los precios, los “esfuerzos separados se coordinan por este mecanismo impersonal de transmisión de las informaciones importantes (…) una técnica que no requiere de un control explícito” (Ibídem, pp. 79-80). El precio, que “no está determinado por la voluntad consciente de nadie” (ibídem, p. 125), convierte en superfluo, por lo tanto, el recurso a cualquier decisión o acción de naturaleza política.

sábado, 2 de noviembre de 2024

Crítica de la ética del sentimiento: Un amor «imaginario» frente a un amor «Real»

Eduardo Abril Acero

 

No sería erróneo decir, siguiendo a Terry Eagleton, que las éticas británicas del siglo XVIII son éticas del amor, entendiendo por esto, un intento de que sean los sentimientos filiales de apego  lo que fundamente la moral social. Son autores británicos como Hume o Hutcheson quienes están convencidos de que una ética basada en principios abstractos y máximas morales carece de fuerza suficiente para mover la voluntad de los ciudadanos en dirección de la defensa y el cuidado del otro. Por eso, los filósofos «ingleses» verán más factible hacer de los sentimientos de amor, compasión y pertenencia, la base para fomentar una ética pública que mantenga la comunidad cohesionada y promocione una cierta cooperación social. 

Hemos argumentado en otro texto, también siguiendo a Eagleton, cómo este modelo ético puede comprenderse a través de la categoría lacaniana de «lo imaginario», señalando que estos sentimientos que unen a unos individuos con otros, se sostienen sobre una construcción imaginaria del otro. Por eso Terry Eagleton no duda en contextualizar este modelo como una moral de tenderos, pero fundamentalmente como una moral burguesa o, diríamos hoy, de «clases medias». Es fácil fantasear con la imagen del otro como una extensión especular de mi propio yo cuando ese otro tiene una apariencia y una vida claramente similar a la propia. En este sentido, las éticas sensualistas británicas podrían también ser pensadas, freudianamente, mediante la categoría del narcisismo, mostrando cómo ese amor a los otros, no es más que una variante del amor a uno mismo. Lo que resulta más difícil es ver en los otros la propia imagen especular cuando éstos son abiertamente diferentes, porque son pobres, porque son extranjeros, o porque son mujeres u homosexuales. En estas condiciones, la construcción imaginaria que uno tiene que realizar para verse reflejado en el otro se complica y, a la vez, se vacía de contenido, pues para buscar la «humanidad» propia en el diferente, uno debe desposeerle de todas sus peculiaridades. El amor narcisista es precisamente eso: se ama la imagen del otro, no al otro, pero precisamente porque esa imagen refleja mi propio yo o, cuando menos, lo engorda.

En este planteamiento resulta interesante ver las diferentes posiciones de dos de estos filósofos sensualistas, Hutcheson y Hume, quienes, desde posiciones similares van a mostrar, de un modo diferente, de qué forma terminan por desembocar en un callejón sin salida. Por un lado Hutcheson, como veremos, resulta un iluso metafísico, empeñado en creer en la posibilidad real de que el otro sea efectivamente la construcción imaginaria que yo hago de él. Por el otro lado, Hume, mucho más realista, cae en un provincianismo ético en el que el otro se circunscribe casi a los límites de mi propio barrio, y eso cuando hablamos de barrios no multiculturales.

Francis Hutcheson (1694-1746) fue un filósofo y académico escocés-irlandés, precursor de la Ilustración escocesa, muy influyente en la ética y la teoría moral del siglo XVIII, sobre todo en Hume. Su teoría del sentimiento moral defiende que los humanos poseen un sentido interno que les permite discernir el bien del mal y les impulsa hacia acciones benevolentes. Argumentaba que la moralidad se basa en la capacidad natural de experimentar sentimientos de aprobación o desaprobación hacia las acciones de los demás. Su principal influencia fue, sin duda, Shaftesbury, quien había roto con el racionalismo continental y defendía que el fundamento de la sociabilidad humana estaba en el placer. Para Shaftesbury, la virtud era una cuestión relacional, no una cualidad que se poseía o alcanzaba de forma individual. Cuando realizamos actos que son apreciados por los demás, recibimos una respuesta que produce placer en nosotros, placer que es un indicativo fiable de la calidad ética de nuestras acciones. De este modo, para Shaftesbury, como si quisiera anticipar una cierta moral propia de las actuales redes sociales, nuestros actos recibían su auténtico valor en la relación de aprobación y desaprobación por parte de los demás. Uno está tentado de añadir aquí que es el número de «likes» y comentarios positivos, lo que atestigua el valor moral de una acción; más aún cuando sabemos que Shaftesbury no pensaba esta aprobación en términos de relación con el prójimo, un amigo por ejemplo, siempre dispuesto a decirnos la verdad, sino de un modo más general con el Gran Otro, con el orden social en su conjunto. 

Hutcheson, por su parte, yendo un poco más allá que Shaftesbury, estaba convencido de que este placer que me reporta algunas acciones, no era una cuestión simplemente de mis propios sentimientos, sino que estos sentimientos estaban de alguna forma conectados con las emociones de los demás, como si verdaderamente hubiera una continuidad ética entre las personas a través de sus afectos. Para Hutcheson, poseemos una facultad especial, el sentido moral, que «apueba espontáneamente las acciones desinteresadas y condena las insensibles, sin la menor referencia a nuestro propio interés o ventaja».[1] Hutcheson, de hecho, se oponía al egoísmo filosófico de Thomas Hobbes, y entendía que el estado de naturaleza era un amable estado de libertad, no de violencia y anarquía. Por eso fue pionero en la defensa de la igualdad de derechos entre todos los hombres, incluyendo a las mujeres, los niños, los indígenas, incluso los esclavos. Por supuesto que esta posición es algo que debe ser reconocido y alabado, más si recordamos que el siglo que vivió Hutcheson fue el del comienzo de la expansión colonial británica y, especialmente, el siglo en el que la esclavitud adquirió el nivel máximo de crímenes contra la humanidad. Pero lo que nos importa destacar aquí es cómo esta posición se fundamentaba en una construcción imaginaria, irreal y paternalista, acerca de quién es verdaderamente el otro. Hutcheson veía al indígena, al esclavo o a la mujer, como seres dignos de compasión y ayuda, basándose en una construcción imaginaria de su condición de ser humano, sin incluir aquello que hacía del otro un auténtico Otro.

Podría pensarse, no obstante, que Hutcheson estaba proponiendo una auténtica ética materialista, ya que el fundamento de la moralidad se encontraba en las propias sensaciones corporales. Pero en rigor esto no podía ser así. Los sentidos, como señaló Adam Smith, «nunca nos llevaron, ni pueden llevarnos más allá de nuestra propia persona»,[2] pues empiezan y terminan con nuestro cuerpo, son receptores pasivos del mundo. Por eso, realmente se trataba de una ética que se asentaba en la imaginación, pues los sentimientos universales de los que hablaba Hutcheson no eran más que la proyección del propio yo, de mis emociones amables en los cuerpos de los otros a través de la  imaginación. Tal como señala Eagleton, «los sentimentalistas tienen una idea defectuosa del cuerpo pues necesitan suplementarlo con estos apéndices imaginarios»[3] ya que ven el cuerpo como un cadáver, como un objeto similar a una silla o una mesa, del que sólo nos diferencia la presencia de un alma: «no logran comprender que hablar del alma es simplemente una forma de intentar definir lo que distingue a los cuerpos animados y auto-organizados, como avispas o altos funcionarios públicos, a diferencia de los muebles».[4] Es una ética imaginaria porque la comprensión del otro se realiza en términos del propio «yo», pues aunque el otro nunca está realmente disponible para mí ni es transparente a mi mirada, sí que puedo aceptarle si lo tomo como un reflejo de mí mismo. Por eso se trata de una ética un tanto ingenua, propia de una clase media acomodada y satisfecha. Uno puede proyectar en los otros imaginariamente sus sentimientos de generosidad porque está satisfecho con lo que tiene y no se siente amenazado. Tal como afirma Eagleton, para autores como Hutcheson, «la virtud parece tan disponible como el clarete».[5] La prueba de esto está en que esta proyección especular de sentimientos negativos no se contempla. Obtener placer de la proyección del dolor y el tormento, de modo que uno encuentre satisfacción en el sufrimiento del otro, sería propio de un ser inmoral, depravado, atormentado y resentido (esta es la posibilidad que explorará un poco después el Marqués de Sade). Por eso es una ética únicamente aplicable espíritus autosatisfechos.

David Hume (1711-1776), el gran filósofo escocés del siglo XVIII, también propone una ética imaginaria del amor, aunque su propuesta es menos ingenua que la de Hutcheson. Para Hume, el sentimiento que explica la moralidad es la empatía: «‘Las mentes de los hombres’, comenta Hume, ‘son espejos entre sí’. En un movimiento dialéctico, el placer que un hombre rico recibe de sus posesiones, al ser proyectado sobre el espectador, causa placer y estima; estos sentimientos, al ser percibidos y compartidos, aumentan el placer del poseedor y, al ser reflejados nuevamente, se convierten en una nueva base para el placer y la estima en el espectador. Lo imaginario, con su reflejo de espejo en espejo, es una especie de sociedad de admiración mutua».[6] Como vemos, Hume es consciente de que una ética basada en la empatía se apoya claramente en la imaginación. La propiedad privada, que es el pilar básico de la sociedad burguesa, no podría sostenerse si los individuos no construyesen imaginariamente un vínculo existente entre un propietario y sus propiedades, vínculo que no puede ser derivado de la experiencia o la razón. La moralidad es una construcción que mantiene esta misma estructura. Igual que el niño que se mira en el espejo imagina que su imagen reflejada es un objeto del propio mundo, al cual puede manipular mediante su movimiento, sin darse cuenta de que es su imagen especular, la mayoría de los ciudadanos abordan la cuestión de la moralidad del mismo modo, convencidos de que sus propios valores morales «son parte del mobiliario del mundo material. No reconocen que tales valores son, en realidad, imaginarios en el sentido de que son creados por el sujeto».[7] Al reconocer esta absoluta condición imaginaria de la moral, la posición humeana resulta mucho más fría que la de Hutcheson: un acto es bueno o malo debido al sentimiento de aprobación o desaprobación que provoca en nosotros, pero eso no tiene ninguna relación con las propiedades objetivas del acto en sí, algo que sí creía metafísicamente Hutcheson. Para Hume, los distintos objetos del mundo provocan ciertos sentimientos morales en nosotros, pero no hay forma de conectar estos sentimientos con las propiedades objetivas de tales objetos y acciones.  Por esto mismo, es en Hume en quien podemos decir que la ética es un asunto plenamente imaginario. Y también por eso, Hume está menos convencido de la benevolencia humana que Hutcheson. Al no poder garantizar de ningún modo que mis sentimientos se prolongan en los sentimientos de los demás, de pronto, los otros se vuelven inciertos. De ahí que Hume añada un elemento más al orden imaginario, un elemento que podríamos considerar simbólico: la costumbre. Escribe en el Tratado de la naturaleza humana: «Las costumbres y las relaciones, nos hacen penetrar profundamente en los sentimientos de los demás; y cualquier fortuna que supongamos que les acompaña, es presentada ante nosotros por la imaginación, y opera como si originalmente fuera nuestra».[8] En otras palabras: Hume se comporta, respecto de la moral, de la misma forma escéptica que se comporta respecto de su empirismo epistemológico. Puede que mis sentimientos morales no puedan conectarse de forma indeleble con las acciones y sentimientos de los otros, como pensaba Hutcheson, pero la costumbre me lleva a considerar que estos sentimientos no son, en principio, desacertados, por lo que puedo evitar de un modo razonable caer en la paranoia de ver en el otro un potencial enemigo. Para Hume no valía simplemente con el elemento afectivo imaginario, eran necesarios otros elementos como las instituciones políticas. De hecho, concibe  la ley y la política como «el fruto del fracaso de la imaginación».[9] De ahí que sean indispensables las instituciones simbólicas que compensen la insuficiencia de lo imaginario. Lo que está haciendo Hume es complementar una ética imaginaria basada en lo sentimental, con una ética simbólica basada en la tradición. Mediante la costumbre, el orden emocional de lo imaginario se diluye y la racionalidad, el orden de lo simbólico, cobra un poder creciente.

Pero la consecuencia de todo esto era, inevitablemente, una ética provinciana. Para Hume los sentimientos morales solo funcionaban con las personas más cercanas, con las que compartimos una vida más o menos semejante, los familiares, los amigos, los vecinos, pues este espacio compartido permitía matizar y orientar correctamente a los sentimientos morales a través de una tradición común. Pero, desde luego, no podían extenderse a toda la sociedad como imaginaba Hutcheson y, mucho menos ampliar el círculo a las otras culturas. Puede que si vemos sufrir a alguien nuestro lado, nuestros sentimientos se conmuevan y eso nos mueva a la compasión y la ayuda, pero cuando se trata de sufrimientos lejanos y ajenos, nuestros sentimientos pierden fuerza. Se trataba del mismo argumento que el filósofo escocés aplicaba a las impresiones sensibles en su epistemología: cuanto más viva es una impresión más sensación de realidad me produce. Sólo los sentimientos intensos, los que me vinculan a mis semejantes más cercanos, me mueven a actuar. 

También la propuesta humeana puede ser caracterizada como una ética del amor, pues son los sentimientos de compasión y apego que despiertan en mí los otros, ya sea por cercanía o por tradición, lo que me mueve a actuar, a incluirles en la comunidad de la que me siento co-partícipe y a promover su defensa y su ayuda. La diferencia con Hutcheson estaba en que, mientras que éste entendía el amor como una suerte de construcción imaginaria deslocalizada, un sentimiento común universal, para Hume, el amor era mucho más local. Pero en ambos casos comprendían el amor como una experiencia absolutamentre individual que, gracias a algún procedimiento, podía compartirse pero que no dejaba de ser tan local como el propio cuerpo.

Tratar de fundamentar la moralidad en el amor era algo muy loable, pues esto es lo que impulsa a los seres humanos a entregarnos desinteresadamente a los demás, pero el problema del amor que proponían los sensualistas británicos, nos dice Eagleton, es que no entendían que el amor no es únicamente una emoción local, una respuesta corporal frente al otro, sino que también tiene una dimensión que podríamos denominar, en cierta forma, como «simbólica», aunque el amor sea algo que desborde completamente los límites de lo normativo. El amor puede entenderse como un mandato simbólico, pero no desde luego como la ficción ingenua y patética de amar a todo el mundo, sino como la instancia que prohíbe la crueldad y obliga a respetar la dignidad de todos. Por eso, señala muy acertadamente Eagleton, que el mandato universal del amor que reclama la ética, no puede ser un imperativo universal que obligue a una acción positiva movida desde nuestras emociones. Ya hemos mostrado cómo esto sólo es posible desde ficciones imaginarias que pueden ser tan ingenuas como perversas. En cambio, sí que puede ser una instancia universalizadora que niegue la exclusión y la totalización. En otras palabras, el amor en el que está pensando Eagleton no tiene la forma universal del «para todos», sino la estructura Real del lacaniano «no-todo». En palabras de Eagleton: «No se trata de que "debo amar a todos", una proposición vacía si alguna vez hubo una, sino de que "no hay nadie a quien no deba amar"». Que no existe alguien a quien no tengo la obligación de amar, aunque esta obligación no se concrete en una relación, significa que estoy en disposición de amar a cualquiera. Lo que está diciendo Eagleton es que una ética que se fundamenta en el amor al otro, rechaza la distinción entre el amigo y el extraño, no porque sea indiferente a los afectos personales, afectos que existen y nos mueven, sino porque considera que el amor no debe estar determinado por esas pasiones. En otras palabras, no es necesario sentir ningún afecto en particular para poder amar al otro,[10] por consiguiente uno puede amar a cualquiera. Aquí sitúa Eagleton, por ejemplo, la diferencia entre el amor judío y el amor cristiano-paulino del Nuevo Testamento: para los escritores del Antiguo testamento el mandato de amar al prójimo era fundamentalmente un mandato de amparar al desamparado, al pobre, al que sufre, al que necesita nuestra ayuda. En cambio, los judíos de la diáspora y especialmente los cristianos, ampliaron el mandato del amor para señalar que el amor al prójimo era amor a cualquiera, dado que cualquiera era digno de amor, estuviera o no desamparado. El amor al desamparado corría el riesgo de convertirse en una forma de superioridad moral que convierte al otro en un fetiche, la del paternalista que ama al débil precisamente porque es débil, lo que le coloca a uno en una situación de superioridad. Esto nos devuelve a la ética imaginaria en la que el otro sólo es el espejo en el que me reflejo para construir una buena imagen de mí mismo, una imagen autista que excluye toda la carga real del Otro. Esto es, precisamente lo que Žižek critica del multiculturalismo y el mandato de la tolerancia europea, que es una forma velada de paternalismo que «ama» al otro no porque sea digno de amor, sino porque se le coloca en una situación insuperable de inferioridad, permitiendo al europeo mantener su posición de superioridad. Por regla general, los europeos estamos dispuestos a tolerar la cultura de los otros a condición de que ninguno de sus elementos pueda ser universalizable. Estamos dispuestos a reconocer los valores religiosos del otro como parte de su folclore, pero no a tomar estos mismos valores desde su dimensión ética y política.

Finalmente, el fundamento último de este mandato simbólico del «no todo» rebasa completamente su propio marco normativo, por lo que no puede prescribirse realmente como una máxima moral. En realidad, Eagleton deja claro que el fundamento de una ética basada en esta clase de amor, no es simbólica, sino Real en un sentido lacaniano. Esto significa que la aparente máxima de «no hay nadie a quien no le debas amor» no funciona como un mandato simbólico, un imperativo traducible en un «debes amar a todos», puesto que, como hemos dicho se trata de un imperativo imposible. De hecho, si comprendemos la dimensión Real lacaniana como un imposible, la constatación de la insuficiencia de lo simbólico (o la constatación de la insuficiencia de lo imaginario), podemos comprender que la máxima de que no hay nadie a quien debas excluir en tu obligación de amar al otro, lo que constata es nuestra propia insuficiencia. No es que el otro sea un extraño al que se me hace difícil amarle, es que yo mismo soy un extraño incapaz de alcanzarme a mí mismo y mucho menos de rozar la imagen del otro con mi amor. No se trata de que debamos amar al otro porque es un ser insuficiente y desasistido, es que yo mismo soy un ser insuficiente y desasistido, incapaz no sólo de alcanzar al otro, sino de alcanzarme a mí mismo. La ética imaginaria británica nos emborracha con la fantasía de la autosuficiencia, igual que el niño cree que controla el mundo porque la imagen del espejo se mueve como una marioneta que responde a su voluntad. En realidad, como sabemos, ocurre al contrario: es la contemplación de esa imagen la que le sugiere al niño cierta consistencia de sí mismo. Paradójicamente, el amor Real recupera al otro renunciando a él, puesto que sólo renunciando a que el otro sea una imagen especular de mí mismo, y sólo constatando que no llego de ninguna forma al mandato simbólico de acogerle, podemos percibir que es el otro, en su insuficiencia, quien me acompaña en mi propio desvalimiento. En la relación que Hegel nos propone entre el amo y el esclavo, es el amo el que más necesita al esclavo y no al revés. Cuando un hombre blanco europeo cae en la cuenta de lo mucho que necesita al otro desvalido para seguir siendo ese hombre blanco europeo, es cuando puede dejar de serlo y acompañarse verdaderamente del Otro, constituyendo una auténtica comunidad. En palabras de Eagleton, «no se trata simplemente de tratar a los desconocidos como prójimos, sino de tratarse a uno mismo como extraño; es decir, de reconocer en lo más profundo de nuestro ser una demanda implacable que es en última instancia inescrutable y que constituye el verdadero fundamento, más allá del espejo, en el que los sujetos humanos pueden establecer un encuentro. Esto es lo que Hegel conocía como Geist, lo que el psicoanálisis conoce como lo Real, y la tradición judeocristiana como el amor de Dios».[11]

 


[1] Terry Eagleton, Trouble with Strangers: A Study of Ethics , Blackwell: 2009, Edición Kindle, Posición 440: «there is a special faculty within us - the moral sense - which spontaneously approves selfless actions and condemns callous ones, without the slightest reference to our own interest or advantage»

[2] Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments, in Selby-Bigge, British Moralists, vol. 1, p. 258. Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle5000-5001). Edición de Kindle.

[3] Terry Eagleton, Trouble with Strangers: A Study of Ethics , Blackwell: 2009, Edición Kindle, Posición 567: «he sentimentalists have a defective idea of the body that they need to supplement it with these imaginary appendages».

[4] Terry Eagleton, Trouble with Strangers: A Study of Ethics , Blackwell: 2009, Edición Kindle, Posición 572: «The empiricists fail to grasp the point that soul talk is simply a reifying way of trying to define what is distinctive about animate, self-organising bodies such as wasps or senior civil servants, as opposed to pieces of furniture».

[5] Eagleton, Trouble with Strangers: A Study of Ethics , Blackwell: 2009, Edición Kindle, Posición 555.

[6] ` Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle682-684). Edición de Kindle: «The minds of men', Hume comments, `are mirrors to one another'(414). In a dialectical motion, `the pleasure, which a rich man receives from his possessions, being thrown upon the beholder, causes a pleasure and esteem; which sentiments again, being perceiv'd and sympathised with, encrease the pleasure of the possessor; and being once more reflected, become a new foundation for pleasure and esteem in the beholder'. The imaginary, with its flashing of mirror upon mirror, is a sort of mutual admiration society».

[7] Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle704-707). Edición de Kindle. «It is not hard to imagine the duped infant before the looking glass regarding ing his image as an object in the world autonomous of himself, unaware that it is simply a projection of his own body. This, in Hume's view, is how most unreflective citizens approach the question of morality, convinced as they are that moral values are part of the furniture of the material world. They do not recognise that such values are in fact imaginary, in the sense of subject-created».

[8] David Hume, A Treatise of Human Nature (London, 1969), p. 457.

[9] Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle773). Edición de Kindle: «law and politics are the fruit of a failure of the imagination».

[10] Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle832-836). Edición de Kindle: «In this sense, genuine love conforms to the Lacanian logic of the `not-all'. all'. It is a matter not of `I must love everyone', a vacuous proposition if ever there was one, but `There is nobody whom I must not love'. Universal love is a question of global politics, not of fuzzy vibrations of cosmic togetherness. As far as individuals go, it means loving everybody in the sense of loving anybody who happens along. As such, it rejects the distinction tion between friend and stranger - not because it is calloused to personal affections, but because it does not regard love as being chiefly concerned with such things. One need not feel in the least affectionate in order to be able to love».

[11] Terry Eagleton. Trouble with Strangers: A Study of Ethics (Posición en Kindle851-854). Edición de Kindle: «It is not simply a matter of treating strangers as neighbours but of treating oneself as strange - of recognising at the core of one's being an implacable demand which is ultimately inscrutable, and which is the true ground, beyond the mirror, on which human subjects can effect an encounter. It is this which Hegel knew as Geist, psychoanalysis knows as the Real, and the Judaeo-Christian tradition as the love of God. For all the admirable tender-heartedness of an imaginary ethics, it is a horror and a splendour which lies beyond its limited comprehension».