1 Abril Acero, E., Olvidar a Dios. Introducción a la teología materialista de Slavoj Žižek., Dado Ediciones, 2026
1 Abril Acero, E., Olvidar a Dios. Introducción a la teología materialista de Slavoj Žižek., Dado Ediciones, 2026
“Si las mujeres hubiesen escrito los libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma, porque ellas saben que se las acusa en falso” Cristina de Pizàn, (1399) Epístola al dios del Amor. Aquesta és una obra anterior i es l’antesala o el preàmbul a La ciutat de les dames.
“¿Qué dicen los nobles que, en contra de toda caballerosidad, atacan en tono vehemente a las mujeres? Que guarden silencio ahora y sepan que todo el arte militar que tanto les enorgullece, como disponer batallones en ordenadas filas, todo, hasta la armadura que llevan, se lo deben a una mujer. Si todos esos hombres que labran el campo, se alimentan de pan y trigo, y viven en ciudades conforme al Estado de derecho pensaran el provecho que recibieron gracias a las mujeres, ¿podrían permitirse condenarlas y depreciarlas como tantos hacen?” “Por supuesto que no, y me parece, Señora, que la filosofía de Aristóteles, que goza de tanta estima y con razón por su importancia para la inteligencia humana o la de otros filósofos no han aportado tantas ventajas a la humanidad como las invenciones debidas al ingenio de aquellas mujeres”
“A cuantas mujeres podemos ver, y tú conoces algunas, querida Cristina, que por culpa de la crueldad de un marido desgastan sus vidas en la desgracia (...) ¡Cuántas humillaciones, ataques, ofensas, injurias tienen que aguantar unas mujeres leales, sin gritar siquiera para pedir ayuda! Piensa en todas esas mujeres que pasan hambre y se mueren de pena en unas casas llenas de hijos, mientras sus maridos se enfrascan y andan vagando por todos los burdeles y tabernas de la ciudad. Y todavía, cuando ellos vuelven, ellas pueden recibir como cena unos buenos golpes. Dime si miento o si no es el caso de algunas vecinas tuyas”
Gustavo Bueno solía decir que pensar es
siempre pensar contra alguien, y este lema, aplicado a este caso, significa que
lo que aquí expongo constituye una reacción a diversas afirmaciones formuladas
en aquella intervención. En otras palabras: sin el estímulo que supusieron las
ideas defendidas por mi amigo, este texto no habría llegado a escribirse.
No puedo hacer plena justicia, en tan
pocas líneas, a la brillante exposición que ofreció Eduardo. Sin embargo, como
necesito fijar el punto de partida de esta reflexión, comenzaré con una
clasificación que, aunque no coincide del todo con la que él presentó en su
conferencia, se inspira claramente en ella y se ajusta mejor al propósito de
este texto. Podemos distinguir, así, tres posiciones apocalípticas o
escatológicas: el apocalipsis mesiánico, el apocalipsis distópico y lo que él
llama escatología atea, una postura asociada a Žižek y asumida también por
Abril en aquella conferencia (en adelante, A&Z).
El apocalipsis mesiánico es aquel que
encontramos tanto en los primeros cristianos como en los movimientos comunistas
del siglo XIX y comienzos del XX. Este esquema de pensamiento se caracteriza
por la expectativa de un acontecimiento salvífico capaz de poner fin a una
época de sufrimiento y abrir paso al Reino de Dios: en el más allá para los
cristianos, o en la tierra para los comunistas; y, en cierto modo, también para
los fascistas del siglo XX y la ultraderecha contemporánea. En relación a esta variante apocalíptica coincido con Abril
en que el mesianismo de izquierda se halla en claro retroceso, mientras que el
mesianismo de derecha —como el promovido por QAnon— goza de una inquietante
vitalidad.
En segundo lugar, tenemos un apocalipsis
distópico en el que, por mi parte, señalaría dos variantes opuestas: el aceleracionismo y el apocalipsis
conservador.
Según los aceleracionistas (como Peter
Thiel y Nick Land), la única manera de evitar un Estado totalitario —que,
gracias al progreso tecnológico, estaría en condiciones de ejercer un control
absoluto sobre la población— consiste, paradójicamente, en impulsar ese mismo
desarrollo tecnológico. La idea es impedir que un único actor social, el
Estado, pueda monopolizarlo y emplearlo a su conveniencia. En otras palabras,
los aceleracionistas proponen otorgar libertad total a los magnates
tecnológicos para que desarrollen e implementen nuevas tecnologías como
consideren oportuno, sin ningún tipo de restricción.
La otra variante del apocalipsis distópico es un apocalipsis conservador que, de manera más coherente, pienso, sostiene que la mejor manera de evitar o al menos postergar la pesadilla distópica no es acelerar el proyecto tecnológico y capitalista sino, por el contrario, ponerle límites (esta es la propuesta de “echar el freno de emergencia”, que decía Benjamín).
El tercer tipo de apocalipsis es lo que
A&Z llaman una escatología atea, una especie de apocalipsis retroactivo
según el cual este ya tuvo lugar, aunque muchos no lo hayan percibido. Para
A&Z, la muerte de Cristo —es decir, la muerte de Dios— constituye el
acontecimiento apocalíptico definitivo e irreversible. Sostienen que el
auténtico cristianismo es aquel que asume plenamente esta catástrofe: un
cristianismo ateo que no busca atajos ni se refugia en fetiches destinados a
ocultar la ausencia de Dios. En síntesis, habitamos un tiempo postapocalíptico:
no existe Providencia ni salvación, estamos solos y abandonados, y deberíamos
tener el coraje de reconocer esta condición y actuar en consecuencia, inventado
nuevas formas de vivir que nos permitan habitar en la catástrofe en la que ya
estamos instalados.
Estos esquemas de pensamiento —o, si se
quiere, estas ideologías— de carácter apocalíptico se comprenden mejor, a mi
juicio, cuando se los contrapone con otras formas de interpretar el devenir
histórico que no comparten ese horizonte de catástrofe. Podríamos llamarlas, de
manera amplia, “filosofías de la historia” no apocalípticas.
Por un lado, encontramos el progresismo
heredero de la Ilustración, representado hoy por autores como Steven Pinker o
Markus Gabriel. Desde esta perspectiva, las visiones apocalípticas serían poco
más que pronósticos pesimistas, propios de espíritus excesivamente alarmistas o
atrapados en un imaginario arcaico. Para los progresistas ilustrados, la
historia constituye un proceso acumulativo de mejora: un avance sostenido en
términos éticos, científicos y políticos que, a pesar de sus crisis puntuales,
apuntala una trayectoria general de progreso humano.
En el extremo opuesto, pero igualmente
ajeno al apocalipticismo, se sitúa el humanismo conservador —con figuras como
Leo Strauss o Alasdair MacIntyre— que se muestra escéptico ante la idea de
progreso histórico. En esta corriente predomina la convicción de que, en última
instancia, “no hay nada nuevo bajo el sol” y que las sociedades tienden más
bien hacia una lenta pero persistente decadencia moral y cultural. Desde esta
óptica, las dificultades del presente no requieren expectativas revolucionarias
ni profecías de colapso, sino una recuperación reflexiva de los valores,
virtudes y modelos normativos del pasado, en la medida en que sigan siendo
aplicables a nuestro tiempo.
Pues bien, y aquí llego al punto que me
interesa destacar, la escatología atea, que defienden A&Z, constituye, a mi
modo de ver, una variante de pensamiento no apocalíptica. La tesis central que
me atrevo a sostener aquí es que toda auténtica actitud apocalíptica surge de
la angustia que provoca la anticipación del porvenir: lo apocalíptico define a
un sujeto sometido a una tensión psicológica derivada de la expectativa de un
futuro inquietante. En este sentido, cualquier apocalipsis solo puede ser una
variación del Apocalipsis de San Juan: el anuncio de una catástrofe venidera.
Si, como afirman A&Z, el apocalipsis ya ha tenido lugar, entonces deja de
ser tal, pues la esencia misma de lo apocalíptico reside, creo yo, en
proyectarse hacia el futuro. De haberse consumado ya la desgracia, el estado
emocional de los sujetos postapocalípticos sería radicalmente distinto del de
quienes creen que lo peor está aún por llegar. La consecuencia ética y política
coherente con este pseudoapocalipsis retroactivo sería la que en su día
sacaron las escuelas helenísticas: una retirada de la vida pública y un
repliegue hacia el Jardín. Se trata, sin duda, de una posición sensata, pero
nada apocalíptica.
Ha llegado el momento de asumir una apuesta personal. Si no hago propia la propuesta de A&Z, si no creo en ella (pues, como señala Eduardo Abril, estamos ante posiciones religiosas, donde antes se “cree” que se “argumenta”), entonces me corresponde explicitar cuál es realmente mi postura. Dentro de esta tipología, mis inclinaciones —o, con mayor precisión, mis inquietudes y aprensiones— se alinean con el apocalipsis conservador. Esto es, la convicción de que nos enfrentamos a un escenario potencialmente catastrófico si no se adoptan medidas drásticas para evitarlo o, lo que es peor, que es probable que hayamos rebasado el umbral a partir del cual tales medidas resultarían efectivas. No es este el espacio adecuado para exponer de manera exhaustiva los fundamentos que sostienen dicha perspectiva. Además, debo reconocer que no dispongo de argumentos especialmente novedosos u originales. Mi posición se nutre, más bien, de las conclusiones a las que han llegado autores con mayor formación y capacidad analítica que la mía, entre ellos Antonio Turiel y Kohei Saito.
Antonio Turiel advierte que la humanidad
se dirige hacia un declive energético inevitable porque el petróleo, el gas, el
carbón y el uranio ya han alcanzado su cénit de producción lo que reducirá de
forma permanente la energía disponible y este problema no hace sino acelerarse
con la actual guerra de Irán y el cierre del estrecho de Ormuz. Además, no
podemos albergar demasiadas esperanzas en el desarrollo de energías renovables
porque estas no pueden sustituir por completo a los combustibles fósiles debido
a límites físicos, materiales y tecnológicos, incluyendo escasez de minerales,
intermitencia, estacionalidad y quiebras de fabricantes, lo que hace muy dudoso
un sistema 100% renovable capaz de sostener el consumo actual. Dado que el
crecimiento económico requiere más energía de la que el planeta puede
proporcionar, afirma que el decrecimiento será inevitable y que veremos una
regresión industrial, transporte más caro o racionado y una relocalización
forzosa de la producción. Frente a ello, propone prepararse para un estilo de
vida con menos energía, basado en tecnologías más sencillas y un consumo mucho
menor, como única vía para evitar un colapso más severo.
En la misma dirección que Turiel, pero
desde una perspectiva más filosófica, Kohei Saito afirma que el crecimiento
económico perpetuo es incompatible con resolver la crisis ecológica, porque el
capitalismo necesita expandir indefinidamente la producción y el consumo, lo
que agrava el cambio climático y destruye los sistemas naturales. Sostiene que
propuestas como los ODS funcionan como una distracción, pues no pueden
cumplirse dentro de una economía capitalista basada en la acumulación,
convirtiéndose en un “opio del pueblo” que impide ver que el problema es
sistémico y requiere un cambio profundo. Desde su lectura ecosocialista de
Marx, afirma que el capitalismo ha creado una “grieta metabólica” entre
sociedad y naturaleza, y que la única alternativa viable es el decrecimiento,
entendido como reducir la producción y el consumo, abandonar la lógica del
crecimiento del PIB y reorganizar democráticamente la economía priorizando los
trabajos esenciales que consuman menos recursos energéticos.
Retomemos ahora el punto de partida. Esta
postura ya había sido analizada y descartada en la conferencia que da origen a
este texto por Eduardo Abril. ¿Qué puede reprochársele a la posición
apocalíptica conservadora? Podría alegarse que no es realista, que pasa por
alto escenarios más optimistas vinculados a los avances tecnológicos o a una
posible toma de conciencia social capaz de impulsar un giro radical en las
políticas económicas y energéticas. Sin embargo, estos no son los
cuestionamientos que hacen A&Z. Su crítica se centra en que esta posición
encubre un goce perverso y, además, se sostiene sobre una concepción de la sociedad individualista
y conservadora.
Vamos por partes.
¿Por qué llamarla “perversa”? Porque,
según A&Z, encubre un goce: quien adopta esta postura disfruta íntimamente
de su saber, de su agudeza frente a la masa ignorante; en otras palabras, el
apocalíptico goza de la sensación de superioridad intelectual. Ahora bien, me
pregunto: ¿no es aún más perverso el goce que oculta la posición de la
escatología atea? Si, como señalan A&Z, el placer perverso nace de saber
algo que los demás ignoran, entonces esta definición encaja perfectamente con
aquel que afirma —a diferencia del resto— que la catástrofe ya ocurrió. Es más:
el goce del postapocalíptico es más puro, pues no está contaminado por el
miedo; al fin y al cabo, nada hay que temer del futuro si lo peor pertenece al
pasado. Desde mi perspectiva, hay cierto dandismo intelectual en esta postura
pseudoapocalíptica: si nada de lo que hagamos puede modificar lo ya sucedido,
entonces nada es verdaderamente importante. Quien está convencido de que el
desastre ha tenido lugar se regodea cínicamente ante los esfuerzos inútiles de
aquellos que aún lo apuestan todo a la esperanza de un futuro mejor.
La segunda objeción de A&Z consiste
en afirmar que esta postura encubre una actitud conservadora e individualista.
Como ejemplo, Abril señala la conducta final de los científicos en la película
Don’t Look Up. En cuanto a la acusación de conservadurismo, no queda más
remedio que asumirla como una tautología: efectivamente, una postura
apocalíptico‑conservadora es
conservadora por definición. ¿Cómo podría no serlo? Pero, ¿por qué calificarla
también de individualista? O, dicho de otro modo, ¿por qué habría de derivarse
una apertura ética hacia el otro más fácilmente de la postura
pseudoapocalíptica que del apocalipsis conservador? A mi entender, cuando se
abandona toda expectativa de futuro se desvanecen también las bases de la
fraternidad. Sin esperanza, el “otro” se vuelve irrelevante; su sufrimiento nos
resulta tan distante que deja de afectarnos. En este contexto, la actitud ética
más coherente y verosímil consiste en volcarse en “los otros” que son como uno
mismo, aquellos que comparten con nosotros una vida sin horizonte. Por el
contrario, una verdadera apertura hacia el otro solo puede surgir del
reconocimiento de un destino común: somos iguales porque el apocalipsis nos
iguala, porque el desastre que se avecina nos alcanzará por igual, porque tu
futuro está ligado al mío. Es, justamente, la mirada orientada al futuro (como
señalaba Arendt) la que habilita el espacio de la política y nos dispone a la
relación con el otro.
Por último, y para aclarar un posible malentendido que podría desprenderse del último párrafo, quiero señalar que la postura apocalíptica conservadora, tal como yo la entiendo, no es en absoluto una posición utópica. Se trata de mirar hacia el futuro y actuar de acuerdo con lo que nos muestran los datos del presente, con la esperanza de que el peor escenario pueda evitarse. Pero esto no implica ninguna forma de utopismo: no existe un Paraíso, ni celeste ni terrenal, que vaya a poner fin a nuestras desventuras. En realidad, todo se reduce a asumir de una vez que, cuando los indicadores advierten con claridad la posibilidad de un desastre —ya sea el avance del calentamiento global o el inminente agotamiento de los combustibles fósiles—, resulta una temeridad absoluta fingir que no pasa nada y continuar avanzando, de forma ciega, hacia el precipicio.
Freud, el pensador al que, mayormente, me refería al comienzo de estas líneas, nos advierte de que no hay odio comparable al que desatan las diferencias mínimas; es decir, que es en el seno de lo más parecido donde se dispara la obsesión histérica por separarse y distinguirse. ¿No observamos hoy en día esta misma fijación, esta metódica escenificación de contraposiciones irresolubles, esta constante exhibición de un enfrentamiento que opera sobre diferencias que apenas lo son? ¿Es posible que los contrarios estén diciendo básicamente lo mismo y, por esa razón pugnen con tan gran violencia por proyectar la imagen de una diferencia esencial? ¿No se ha convertido el terreno de la democracia liberal multipartidista en un dispositivo de generación y engorde del narcisismo de las pequeñas diferencias?
Si esto es así, conviene atender a la asombrosa unanimidad que, en lo sustantivo, reúne a la izquierda hegemónica con su pretendido archienemigo, el neoliberalismo. Y, lo que es quizás más importante, conviene también preguntarse a quién beneficia una situación en la que todas las diferencias políticas resultan ser el humo, más claro o más oscuro, más azul o más rojo, de lo mismo. Quizás sea la hora de dejar de lamentarnos por el auge de la ultraderecha y se trate, más bien, de intentar comprender cuál es el sentido de la rotunda efectividad de sus proclamas. Non ridere, non lugere, neque detestari, sed intelligere, que dijera Espinoza. Si observamos la agitada trifulca política de las dos grandes opciones que se disputan la designación oficial de “lo posible” , apreciamos que no hay diferencia o alteridad reales en lo tocante a las cuestiones de calado, sino, generalmente, variaciones en el énfasis o distintas modulaciones en el abordaje de cuestiones particulares (generalmente, demasiado particulares). La monotonía parece adornar un continuo que transcurre desde el neoliberalismo de derechas al neoliberalismo de izquierdas. Es esta continuidad la que, entre otras razones, explica el auge de las propuestas de extrema derecha: toda la potencia de la subversión y de la rebelión contra el sistema ha escapado a una izquierda oficial que, en general, repartiendo con profusión e insistencia las tinturas del capitalismo verde o las identidades de mercado, no puede ser vista más que como una parte del establishment. La izquierda oficial se desacredita de continuo al no ser capaz de sobrepasar el horizonte de un neoliberalismo de “rostro humano”, mientras que es la derecha, en sus distintas expresiones -tanto sistémicas como antisistémicas- la que recoge el beneficio. La alteridad real, en efecto, cae constantemente del lado de la derecha más auto-consciente y más lúcidamente sumergida en el centro de lo político. Si, tal y como mostró Castoriadis, la esencia de la política tiene que ver con la imaginación radical, no cabe duda de que la izquierda imperante ha renunciado, en general, a la acción y al pensamiento políticos como tales. La falla estructural, la dimisión decisiva se halla en la carencia de una imaginación que, al contrario, cierta derecha sí logra todavía ejercitar pro domo sua; mientras que la izquierda gubernamental es ya incapaz de imaginar cualquier orden social que no tenga como centro de organización al mercado, la derecha exhibe destellos deslumbrantes de imaginación que, nos guste o no, la incardinan en el campo de lo políticamente efectivo.; mientras la izquierda acepta la sociedad de mercado como el factum indiscutible de toda posibilidad y, a lo sumo, se plantea aliviar o mitigar algunos de sus efectos indeseados, la derecha parece capaz de inventar, de no conformarse con aquello que concibe como indeseable, de pedir lo imposible. Hoy en día, parece que sólo la derecha puede ser radical, y sólo ella atreverse a desafiar y re-definir lo posible, mientras la izquierda oficial se limita a lamentar lo necesario. Un gesto de contundencia, un gesto por el que lo inconcebible, lo que ayer parecía imposible, torna repentinamente a nutrir el campo de lo real; un gesto así, que mora en la esencia misma de lo político, está ausente del imaginario sin imaginación de la izquierda oficial, y abandona la iniciativa propiamente política a las nuevas derechas emergentes.
Artículo publicado en la revista Aprender a pensar, número 34, 2026.
Puede parecer extravagante afirmar que Slavoj Žižek es, en la actualidad, el representante más importante de la derecha hegeliana. Aun así, este juicio, que puede parecer exagerado y cargado de un vano afán polémico, no está hecho a la ligera, sino que se apoya en un itinerario filosófico —el del pensador esloveno— profundamente marcado por lo que aquella corriente de pensamiento, tan despreciada y desacreditada, mantuvo como foco decisivo de comprensión: la religión. En este sentido, Žižek no aporta nada original a la decisiva reivindicación de la religión como acontecer de lo verdadero, lo que fue decididamente asumido por aquella corriente como clave interpretativa de la entera filosofía hegeliana. Como es sabido, Hegel afirma que la religión, en tanto expresión del espíritu absoluto, posee el mismo contenido que la filosofía; ambas expresan lo verdadero, aunque sea en formas distinta: a través del concepto, la filosofía; de manera representativa, la religión: «[…] el contenido de la filosofía y de la religión es el mismo [...] la religión es la verdad para todos los seres humanos, la fe descansa en el testimonio del espíritu, el cual, en tanto testifica, es el espíritu en el ser humano»[1].
Los filósofos hemos adoptado como un automatismo académico la conocida tesis hegeliana, pero, me temo, pocas veces nos hemos aventurado a pensarla. La filosofía de Žižek recoge ese desafío de una manera ciertamente audaz, y vuelve a colocar a la teología en el lugar que esta mismidad le reserva. ¿Qué quiere decir realmente que religión y filosofía son lo mismo expresado en distinta forma? ¿Qué tipo de iluminación nos puede prestar la convicción de que la religión expresa lo mismo que un pensar filosófico acusado frecuentemente de ateo o irreligioso? ¿A qué tipo de reserva hermenéutica radical estamos renunciando al apartar de la mirada sobre el mundo aquello que la religión ha estado afirmando desde hace milenios? Esta introducción a la teología materialista de Žižek, tan bien escrita como pensada por Eduardo Abril Acero, nos ofrece una propuesta verdaderamente estimulante acerca de este nudo no resuelto de la Modernidad, y nos presenta las claves decisivas que conforman el pensamiento de Žižek como una abierta revuelta contra el pensamiento des-teologizado y pretendidamente “racional” de una época envuelta en poderosos fetiches ideológicos.
Los filósofos de la derecha hegeliana advirtieron desde un inicio la importancia de la mismidad postulada por Hegel, y organizaron buena parte de sus respectivos sistemas filosóficos en torno a esa idea absoluta que se presta a desenvolverse en formas distintas, ora en la fe y la representación, ora en el concepto. Podríamos, pues, adelantar hacia Žižek el reproche de no ser original cuando se sume en la especulación teológica para procurar comprender filosóficamente el mundo que hoy nos interpela. Pero, ¿quién desea ser original? ¿Es realmente la originalidad el objeto y destino del pensamiento filosófico? La carencia de originalidad de Žižek en torno a esta decisiva relación entre filosofía y religión no supone desdoro alguno para su pensamiento, sino, más bien, una rara virtud, una excepción en tiempos de interpretaciones unilaterales que dan la espalda a la teología como un lastre de tiempos pasados al que es preciso renunciar. Además de esto, y para agudizar más la dependencia con respecto a la especulación de aquellos filósofos, el filósofo esloveno repite la audaz apuesta hegeliana por no limitarse a la afirmación del hecho religioso como un vago universal antropológico sin más, sino por la defensa activa del cristianismo como religión verdadera. En esta coyuntura, el cristianismo es la manifestación más acabada y perfecta, la más especulativa y la más cercana, en consecuencia, a la plena expresión conceptual. «El cristianismo es la religión más especulativa, en tanto que suprime la contradicción infinita entre Dios y el mundo».[2] Esta contundente afirmación, debida a Rosenkranz, podría responder perfectamente del núcleo teológico de la filosofía de Žižek. Pero, ¿por qué esta posición privilegiada del cristianismo? ¿Por qué este ejercicio desconsiderado de etnocentrismo, de pisoteo de la multiculturalidad e indiferencia hacia la diversidad? ¿Por qué esta renuncia al viejo principio liberal de la tolerancia y al respeto a todas las tradiciones religiosas por igual? Evidentemente, Žižek no puede contarse entre las filas del fundamentalismo cristiano, al que dedica no pocas de sus críticas; pero tampoco le encontraremos entre los defensores del multiculturalismo liberal y la tolerancia indiferenciada hacia cualquier creencia. Tal y como relata Eduardo Abril en el capítulo IV de este libro, el paradójico reproche de Žižek al fundamentalismo señala la alarmante falta de fe de todos aquellos que hacen de la religión un saber ya poseído por el sujeto; el fundamentalista no tiene fe, sino que se cree posesor de un conocimiento cierto e inmediato, lo que convierte su posición en un batiburrillo de presuposiciones y aseveraciones arbitrarias, como ya supo ver Hegel al despacharse acerca del saber inmediato preconizado por Jacobi.[3] En este sentido, la posesión de ese supuesto saber disuelve la posibilidad de una fe que Žižek no deja de reivindicar: una fe problemática y paradójica, una creencia alocada que mantiene el aliento suspendido sobre la posibilidad de lo imposible y apunta a la apertura de un espacio que habitar en medio de la catástrofe que nos ha tocado. El carácter cristiano de esta creencia viene a coincidir en Žižek con la firme defensa que hace Hegel del cristianismo como revelación de lo verdadero; pero lo verdadero que nos revela, tal y como ambos proponen, no es el amparo de un Dios omnipotente y omnisciente, o de ningún conjunto de ellos; no es la reconciliación definitiva con una verdad inconmovible en la que alcanzáramos reposo y certidumbre definitivos; la verdad de Dios, tal y como la expresa el cristianismo, no es la figura protectora de un universo celestial que reconforta nuestras penas y ofrece sentido ante la angustia de la finitud, sino, al contrario, la verdad terrible de la muerte de Dios y la manifestación de un poder divino que se quiebra al anunciarse entre los hombres; un Dios que renuncia para siempre a la infinitud tranquila y se hace hombre para sufrir el destino de cualquiera; un Dios que se arruina, se tambalea y se derrumba; un Dios que sufre en el desierto interminable del Gólgota, que se vacía en un mundo que lo envuelve inmisericorde en la misma violencia que arrasa a todo lo finito y en el que no puede intervenir con la potencia ilimitada de un Dios, sino sólo naufragar en la frágil figura de un ser humano. El Dios cristiano, desde la perspectiva de su muerte en la cruz, es, literalmente, un dios con el que no se puede contar… Llegados a este punto, algún piadoso creyente podría alzar la voz escandalizado: ¡Esto no es cristianismo, esto es ateísmo! Este individuo indignado podría buenamente pertenecer al partido de lo que Bernanos denominó «gente de orden», y para la cual los santos, y el mismo Cristo, cumplen la interesante función de realizar por ellos un bien que queda lejos de sus propios intereses. No es posible —recuerda una y otra vez el escritor francés a sus ilustres y cristianos vecinos mallorquíes que no dudaron en seguir las siniestras órdenes de represión y asesinato del ejército franquista— servir al mismo tiempo a Dios y al dinero (Mat. 6,24) ¿No habló Simone Weil de un ateísmo purificador? Dejando de lado la disputa sobre de qué lado cae el nombre, lo que sí es conveniente subrayar es que este ateísmo, antes que atentar contra el cristianismo, apunta a una cierta y problemática culminación de su más íntima sustancia, que no es otra que la cruz, la agonía, la muerte de Cristo. No cabe lugar para negociaciones, para soluciones tranquilizadoras o compromisos con el orden del mundo; no hay espacio, ante el espectáculo obsceno de su agonía, para el catálogo de pequeñas verdades biensonantes que sustraen a la vista el sufrimiento Dios. ¿Dónde encontrar la verdad de Cristo? ¿En la repartición de los pequeños bienes consoladores que tantos le piden a cambio del mantenimiento de una creencia que apenas compromete más que el tiempo de una misa? ¿No es la cruz, únicamente la cruz, el lugar de la manifestación del Dios real, del hijo del hombre? El ateísmo cristiano de un Žižek puede servir de parteaguas para señalar dónde buscamos una fe —quizás imposible— y dónde únicamente una recompensa. Como escribió la misma Weil, la dureza de la exigencia cristiana estriba en apartar «las creencias colmadoras de vacíos y suavizadoras de amarguras. La creencia en la inmortalidad. La creencia en la utilidad de los pecados: etiam peccata. La creencia en el orden providencial de los acontecimientos: en definitiva, los «consuelos» que suelen buscarse en la religión».[4] Ateísmo purificador. El libro que el lector tiene en sus manos supone el deslumbrante y convincente relato de una obviedad que, quizás, fue arrinconada tras la muerte de Hegel y el fallido intento de alguno de sus discípulos por conservar la impronta teológica de sus sistema, pero que ha vuelto a situarse en el centro de la comprensión filosófica del mundo en la cuantiosa producción de Slavoj Žižek: uno no se entera de nada si prescinde de la teología.
El extraordinario interés contenido en la filosofía de Žižek, desde sus inicios, radica en este intempestivo y radical retorno a lo religioso en tanto expresión de la verdad de nuestro mundo, un retorno que lo emparenta con el afán de la derecha hegeliana por retener un elemento sin el cual la filosofía de Hegel y el mundo mismo en el que habitamos son difícilmente comprensibles. No obstante, esto no quiere decir que podamos leer a Žižek desde la óptica estrecha de una sola corriente, ni que las tesis de la derecha hegeliana sean sin más constatadas y aprobadas por él; al contrario, aquí nos encontramos con la necesaria falsedad de un juicio como el que comienza estas líneas. De hecho, sabemos que, de acuerdo con Hegel, la verdad no puede estar contenida en juicio alguno. De acuerdo con su personal proceder dialéctico, el pensamiento de Žižek recupera la fuerza impactante de la filosofía hegeliana restañando la conjunción contradictoria de esos dos momentos que la fragmentaron; sin declararlo explícitamente, pero ejercitándolo en la radicalidad de sus tesis, Žižek parece estar empeñado en perseguir la verdad de la izquierda hegeliana —movida por la crítica revolucionaria de la realidad y la religión establecidas— a través de la fidelidad a algunas de las tesis teológicas preservadas por la derecha hegeliana; pero del mismo modo, la verdad de esta corriente —anclada firmemente en una reivindicación liberal-conservadora del cristianismo, en una, a menudo, torpe santificación de lo existente y en la resistencia hacia las tendencias políticas rupturistas— sólo puede revelarse, en la elaboración filosófica del esloveno, en la inquietud revolucionaria de aquella primera corriente. En un giro afín a la propia naturaleza de la filosofía de Hegel, podríamos afirmar que el pensamiento de Žižek viene a revelar que la verdad de la derecha está en la izquierda hegeliana, y la verdad de ésta, en aquélla.
Leer el ensayo de Eduardo Abril alienta a pensar las cosas de otra manera. Otra manera, no relativa a una u otra posición actualmente existente, sino a toda posición hoy acostumbrada. Frente al gobierno indiscriminado de las unilateralidades (derecha-izquierda, progresista-conservador, creyente-ateo, etc.), el Žižek recreado por Abril desata con contundencia varios de los más firmes nudos que impiden enfrentar nuestra realidad presente. Amparado en un conocimiento profundo de la filosofía de Žižek, de sus fuentes filosóficas (Hegel, Schelling, Marx), de sus lecturas teológicas y su notable e inspirador uso de la teoría psicoanalítica de Lacan, el autor de este libro ofrece una auténtica descarga filosófica de significados que no deja indemne a ninguno de los fetiches que podamos levantar para contener el amenazante poder de lo real. No es este el sitio para catalogar el extraordinario conjunto de referencias, conceptos, ideas y sugerencias que salpican el texto, pero sí, al menos, el de escoger algunas de ellas como plataforma de una lectura posible. Lo que me parece más importante destacar de este recorrido por las entrañas del pensador esloveno, en este sentido, es el extraordinario uso de ciertos conceptos teológicos que, usados libremente para iluminar lo ontológico, lo político y ético, lo estético, obligan a un «cambio de paralaje» que otorga la oportunidad de desbloquear callejones sin salida del pensamiento contemporáneo. Este «cambio de paralaje» constituye uno de los grandes aciertos de la filosofía de Žižek, y es utilizado y desarrollado con esmero por Eduardo Abril. En rigor, un cambio de paralaje no implica cambiar unas opiniones por otras, ni transformar en profundidad las condiciones de cualquier fenómeno para alterarlo esencialmente, sino, más bien, un dejar que las cosas sean. El imperativo revolucionario, según lo anterior, no empuja a la transformación voluntarista de lo existente ni a la multiplicación de las luchas mayúsculas contra los grandes males del mundo, al estilo de Laclau y los nuevos (y fallidos) populismos, sino, más bien, a no pretender cambiar nada, a no dejarse seducir por la trampa de las «luchas desviadas» para, al contrario, guardar fidelidad a la ley de transformación íntima y la negatividad que constituye a las cosas, a cada cosa. En este preciso sentido, no me resisto a señalar una fuerte veta conservadora —en el sentido literal de la palabra— en la filosofía del autor esloveno: no necesitamos transformar el mundo —cosa que, por otro lado, el capitalismo ha demostrado saber hacer como nadie— sino pensarlo, luchar por adoptar una mirada adecuada a su presencia insoportable, a su sufrimiento y su agonía. Un cambio de paralaje no es otra cosa que esa chispa brutal que emerge de saber mirar al mundo sin rendirse a la impaciencia de que obedezca a nuestros deseos.
Este libro que el lector comienza ahora supone, en suma, un implacable ejercicio de pensamiento, un ejercicio de pensamiento verdadero, porque todo pensamiento, al pensar de verdad, renueva la verdad. Pensar, tal y como nos propone mi amigo Eduardo, es, en este sentido, probar a mirar la catástrofe sin querer escapar imaginariamente a ella, sin levantar sobre su sombra siniestra ideales y utopías lenitivas. Lo que el cristianismo nos muestra, aquello de lo que Žižek y, antes que él, Hegel, tomaron buena nota, es que la catástrofe no es algo que pueda manejarse recurriendo a recursos humanos, demasiado humanos, como son el progreso, las mejoras técnicas, el reciclaje y la apuesta por un capitalismo «sostenible», la investigación científica o la búsqueda de una espiritualidad apacible; la catástrofe está entre nosotros, ya ha pasado, y posee la magnitud inabarcable de un dios. Sólo nos queda enfrentarla desde la desnudez que el cristiano confiesa ante la agonía y la muerte de Cristo. Sólo nos queda aquello que, quizás, indica el único umbral donde se anuncia la apertura de una genuina acción política: la melancolía.
[1] Hegel, G.W.F., Enciclopedia de las ciencias filosóficas (Madrid: Alianza, 2004), §573, 593.
[2] Karl Rosenkranz , «Das Christentum ist die spekulativste Religion, insofern es den unendlichen Gegensatz von Gott und Welt», System der Wissenschaft. Leipzig: Leopold Voss, 1850, 42.
[3] “[...] este punto de vista rechaza aquel método para el saber de aquello que es infinito según su rico contenido, y, como no conoce otro, rechaza así todos los métodos para conocerlo. Se entrega así, por consiguiente, a la cruda arbitrariedad de las imaginaciones y las aseveraciones”. Hegel, Enciclopedia de las ciencias filosóficas, §77, 181.
[4] Simone Weil, La gravedad y la gracia (Madrid: Alianza, 2024), 65.